miércoles, 27 de mayo de 2015

TRAVESÌA, documental LA SABIDURÌA DEL OFICIO


 

 

 

 

TRAVESÍA

De ALEXANDER GONZÁLEZ TASCÓN

LA SABIDURÍA DEL OFICIO

 

 

Autor: NELSON RENDÓN GARRO*


 

El documental es un género aparentemente amplio, que brinda infinitas posibilidades de realización. Esto lleva a que muchas veces los documentalistas se relajen y tomen el camino del facilismo que consiste en dejarle a la cámara la responsabilidad de contar, algo que esta no sabe hacer porque únicamente se dedica a registrar la mirada de alguien que está detrás. Si a la cámara se le abandona, la mirada desaparece y la realidad se ve como lo que es, un caos que no tiene principio ni fin, ni avanza en busca de algo. Colocar la cámara en cualquier lugar, como una simple espectadora, produce imágenes mudas, que no hablan. El documentalista echa mano del contenido, esa parte de la obra que no significa nada, si no cuenta con el ropaje de la forma, para llenar un formato de cincuenta o noventa minutos.

Hay documentales de contenido y documentales de forma, pero existe un tercer tipo que integra a los dos anteriores en la narración de una realidad. El documental va más allá de un simple registro; su contenido está sujeto a una mirada que se ingenia una forma para narrar y describir partiendo de una intención. Desde la primera infancia ya el niño está apropiándose de un punto de vista y este evoluciona gracias a nuevas experiencias y mucho estudio. El documentalista es un estudioso de su arte de ver la realidad; analiza los diferentes documentales para acercarse a su mundo con una mirada amplia que le permita descubrir la complejidad de lo específico; puede ser una comunidad ancestral del Amazonas o los habitantes del barrio París, en Medellín. La mirada o punto de vista es una postura que no debería asumirse como intervención de la realidad, sino como manera de ver, de encontrar un hilo narrativo que cuente sin las impurezas de las ideologías impuestas. Una mirada limpia revela, igualmente, un punto de vista único, un estilo de narrar.

Travesía, de Alexander González Tascón, pertenece al tercer tipo de documental. El grupo de hacheros que se interna en la selva para cortar madera. El metal y la madera en el hacha que el hombre de raza negra empuña para derribar los árboles viene de un pasado remoto de la humanidad; la edad de la madera y la edad del hierro, las que se juntan con la era del celular, la tecnología digital, para que los cortadores se comuniquen desde la selva con la ciudad. Hasta aquí no ha sucedido nada, pero si las imágenes construyen una poética con los árboles que se divisan en el firmamento, se balancean y caen a la tierra, entonces la mirada del espectador encontrará una postal que lo cautive. La edición de las imágenes no solamente tiene en cuenta la linealidad, sino la poética que se pueda crear con estas. Los contraluces, los paisajes de atardeceres, la inmensidad de la selva y del río, se conjugan con el oficio de los hombres y el de la mujer; ella se ocupa de preparar el alimento en la balsa.

La narración de este documental, porque es narración y no un simple registro de la realidad, se vale de dos recursos: el visual y el verbal; el primero se destaca por la limpieza en el encuadre; son imágenes bien concebidas, pensadas por el realizador que está detrás de la cámara, para describir el esfuerzo del cortador de madera y los rostros que sudan por la ardua tarea. La edición de estas imágenes crea una narración fluida y atrayente; se combinan los diferentes planos para dar la sensación de una épica, la labor titánica del hombre en su lucha con la naturaleza. El segundo recurso es el verbal; los mismos protagonistas cuentan o, mejor, enseñan, de una manera didáctica, el trabajo de cortar y transportar la madera por el río. El espectador aprende lo que la imagen no le puede mostrar, los secretos del río con sus bancos de arena y sus zonas profundas para maniobrar la balsa, ayudados por largos palos remeros que empujan apoyándose en el lecho del río. Este discurso directo, que no es intervenido, da a conocer también el lenguaje de los cortadores, pero sin caer en el barroquismo de los argots. En ningún momento el espectador naufraga en la búsqueda del entendimiento de lo que se dice; la sencillez de las palabras y las indicaciones a la cámara sobre el recorrido que se está haciendo, llevan a balseros y espectadores hasta su destino. El relato verbal no detiene la narración visual; las dos se unen en el viaje por el río, en esa balsa elemental que, en pleno siglo XXI, remonta la nostalgia a los primeros navegantes. La balsa es el producto para ser vendido, pero también, un medio de transporte que los regresará a Buenaventura.

El oficio de los cortadores de madera da la posibilidad de un trabajo previo; se planea y luego se procede a realizar; esto es una ventaja porque permite controlar aspectos como la fotografía, el sonido y la narración. En Otros documentales, de sucesos fortuitos, el documentalista está obligado a registrar lo que se presenta en el momento para después editar las imágenes. Es el caso de documentales sobre una guerra o una catástrofe natural. La misma realidad contiene los recursos narrativos para ser contada, pero el documentalista los debe descubrir, y lo hace desde su punto de vista. Travesía se vale de una narración lineal, cuya espera de la lluvia no la interrumpe porque también pertenece al oficio, está inserta o hace parte de la misma tarea. La mirada se detiene en los rostros que anhelan la llegada de la lluvia; puede ser una espera de días, pero no hay otra posibilidad para transportar la madera. Hombre y naturaleza están unidos, son uno solo, pero el hombre tiene la facultad de entenderla. El hombre toma de la naturaleza y esta le brinda, no solamente los árboles, sino la lluvia que llena los caños para que empujen los árboles corriente abajo. El río aparece en su serena inmensidad y ellos construyen la balsa con bejucos y varas.

La sabiduría, esa que hace estirar el cuello a los académicos, no solamente existe en los libros y las universidades, sino que está presente en el hombre y su relación con el entorno, y no depende de una escritura; la misma oralidad va transmitiendo el conocimiento para que permanezca y evolucione. Este es un documental sobre la sabiduría del hombre dentro de un oficio específico que le permite derivar su sustento. Los libros fijan la información, pero la verdadera sabiduría se encuentra en el hombre y su hacer. Por esto se forman las diferentes culturas; en otras regiones, los cortadores de madera se valen de motosierras y de grandes máquinas para mover los troncos. En este documental, únicamente se cuenta con el hacha, la lluvia, el río y el mar. Los cortadores de madera han estudiado los ciclos de la lluvia y de los soles, y en su memoria conservan el mapa del río para orientarse. La sabiduría es propia de cada hombre, de cada comunidad, y, aunque está presente en la vida diaria, se convierte en novedad para el espectador de una cultura diferente.

Dos caminos que se pueden recorrer: el del facilismo y el de la rigurosidad. Para el primero no se necesita llevar el equipaje del saber; bastará con que tenga disponibles una cámara y un micrófono, y cargue consigo algo con qué entretenerse mientras la cámara realiza su oficio. La rigurosidad implica mirar hacia adentro, encontrarse con uno mismo, con la mirada de la experiencia, para leer y entender, no desde los ojos, sino desde una postura personal que invite a reflexionar y a trascender hacia la poética de la realidad; es decir, la construcción de un discurso visual y verbal que muestre la belleza; de esta manera, el espectador, no solamente se va a instruir, sino que disfrutará una obra de arte.

Travesía es un documental que está destinado, por su concepción rigurosa, a permanecer en el tiempo. Siempre que se estudie el documental en Colombia, será un referente obligado. El documental, no solamente es un producto, sino una lección para aprender en la academia. Lo clásico es lo que sobrevive en el tiempo, y lo logra, desde una forma que envuelve al contenido y lo hace atractivo, no lo deja perecer en la anécdota desnuda. En Travesía está presente el oficio de los cortadores de madera, pero también se advierte el oficio riguroso del documentalista. Qué bueno sería que este documental estuviera disponible en las universidades que ofrecen carreras sobre el audiovisual, que se estudiara a fondo y fuera un ejemplo de cómo se trabaja para mostrar la belleza de la sabiduría humana.

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*NELSON RENDÓN GARRO. Nació en Colombia, en 1960. Es Licenciado en Educación: Español y Literatura, y Magíster en Literatura Colombiana, de la Universidad de Antioquia. Ha sido finalista en cuatro concursos nacionales de cuento. Publicaciones: El acontecer de los arrieros, Los de siempre, El relevo, El último travelling, La promesa, Un relámpago de viento, Soñaba ser como Aristi y La vuelta.

viernes, 20 de febrero de 2015

CINE COLOMBIANO: lo local, lo universal y lo global


 

 

 

 

EL CINE COLOMBIANO

LO LOCAL, LO UNIVERSAL Y LO GLOBAL

 

Autor: NELSON RENDÓN GARRO

marioelerrante@gmail.com

El cine colombiano se devana los sesos en un mar de incertidumbres; no sabe hacia dónde dirigir la mirada para producir películas que se vendan. Si sigue pensando en historias locales, que reflejen la idiosincrasia del colombiano, sus proyecciones tendrán poca afluencia de público y solamente se exhibirán dentro del país o estas películas serán invitadas a los festivales secundarios de cine, en los que ganarán premios de consolación porque los colombianos son muy violentos. Para avanzar de lo local hacia lo universal al cine nacional le falta capacitarse más en la trama y los personajes; en la trama hay que estudiar la dramaturgia y en cuanto a los personajes es necesario profundizar en el conocimiento del ser humano y su complejidad. Las limitaciones que presentan los guionistas a la hora de escribir los guiones se podrían superar si tuvieran el hábito de leer las grandes obras de la literatura universal, principalmente, la tragedia y la comedia. En cuanto a lo global está la carencia de un producto que sea atractivo para las poderosas distribuidoras que comercializan el cine; este producto debe satisfacer las exigencias de un mercado que ha estandarizado los temas del cine. Hay que empezar por definir y explicar, entonces, qué es lo local, lo universal y lo global con el fin de hacer un aporte reflexivo que ilumine el oscurantismo de los creadores de cine.

 

LO LOCAL

Lo local, entendido como lo propio de un territorio, sirve para fundar la historia en un entorno específico, pero esta fundación es solamente la base de un buen guion. Lo local particulariza la historia, la diferencia de otras que tratan el mismo tema. El amor es un sentimiento universal, pero se vuelve único cuando se le ubica en un entorno; ya es una historia de amor que pertenece a tal pueblo o a tal ciudad. La historia de Romeo y Julieta en Verona es diferente, por ejemplo, de la historia de Efraín y María en el Valle del Cauca. Los espacios tienen características específicas, no solo en lo arquitectónico, sino en las costumbres y la cotidianidad de los habitantes. Lo local va más allá del espacio; también está lo que sucede, las historias particulares de unos personajes que pertenecen a determinado lugar. Es local la bandeja paisa en Antioquia, pero  se universaliza en la acción de un personaje que invita a su novia a degustarla. A este encuentro se le podría agregar un conflicto de celos que ellos intentan resolver mientras cenan en el restaurante. El guionista funda la historia en un espacio cultural que es complejo, pero la historia se universaliza gracias a los temas que son expresados mediante las emociones y las acciones de los personajes.

Hay películas en las que lo local es determinante. Cuando a alguien se le pregunta de qué trata La vendedoras de rosas (Víctor Gaviria, Colombia, 1998), la respuesta es simple: sobre los niños de la calle. Aquí se está entrando directamente a un entorno; las calles se caracterizan por ser el hábitat de los niños, pero no el lugar más adecuado por el peligro de la drogadicción, la delincuencia y los criminales. El entorno no está intervenido, en el sentido de que haya sido construido para la película, sino que fue elegido porque a este pertenecen los personajes. Lo local produce los conflictos entre los niños de la calle; el entorno de estos barrios dice, por ejemplo, que cualquier problema, por insignificante que sea, puede desencadenar una muerte violenta, muerte que se universaliza en la condición humana; todos estamos destinados a morir. Lo local va unido a una trama que le pertenece; en un mundo desintegrado por la droga y la delincuencia, los personajes viven sus historias de amor, muerte y celebración de la Navidad.

La cara oculta (Andi Baiz, Colombia, 2012) es una película cuyo entorno geográfico no es determinante para la historia; la trama se vale de panorámicas como referentes para indicar el espacio de la historia. Aparecen dos ciudades: Barcelona y Bogotá, que podría ser, sin violentar la historia, Madrid y Santiago de Chile o París y Lima. Hasta sería posible invertir la procedencia para hacer que un director de música viajara de Lima a París, y la historia no sufriría alteraciones sustanciales. Bastaría con cambiarle el nombre al teatro donde sucede el concierto y especificar los nombres de las ciudades en los diálogos y registrar las panorámicas correspondientes. La casa de campo sería la misma en las afueras de cualquiera de estas ciudades; únicamente tendría que contar con la habitación oculta que es el único espacio específico y determinante para la historia. La trama está centrada en el triángulo amoroso de los personajes y su eje principal es la habitación oculta. En ningún momento esta película detiene la acción para mostrar características culturales de un espacio geográfico, como el ajiaco bogotano.

Lo local también puede ser transformado por la acción, como sucede en La sombra del caminante (Ciro Alfonso Guerra, Colombia, 2004); un personaje transporta a los transeúntes en una silleta, actividad esta propia de los entornos rurales, a la vez que hace parte de otro tiempo, el de los siglos XVIII y XIX, para no ir más lejos, cuando existían silleteros humanos, gente de gran fortaleza física que cargaba a los exploradores por los difíciles caminos de la geografía nacional. El colocar la silleta en un espacio urbano (calles de Bogotá) es ya un elemento que llama la atención porque rompe con la cotidianidad de una ciudad donde los habitantes utilizan el bus urbano o el vehículo particular. El oficio del silletero está fuera de su entorno natural; esta es una elección que entra a aportar a la historia; dice de la procedencia de los personajes; ellos no son urbanos, sino rurales. Están aquí, en la ciudad, porque se tuvieron que desplazar.

En Lo azul del cielo (Juan Alfredo Uribe, Colombia, 2013), lo local no es el territorio como escenario, sino la forma en que se resuelven los conflictos dentro de un entorno; los secuestradores se pelean por el dinero y acaban matándose. Este es un conflicto local que se repite constantemente en la relación entre bandas de delincuentes. Lo local no se puede reducir al territorio como lugar donde sucede la historia; cada cultura posee unas características y de estas nacen los conflictos que se vuelven locales o universales, según el tratamiento que les dé el guionista.

La elección del entorno para escribir una historia de cine es ya un paso importante; no obedece a un capricho del guionista. La pregunta, ¿dónde transcurre la historia?, exige una respuesta concreta y hace parte de un todo, de los personajes, la trama y el tiempo. Una película se estanca en lo local cuando no trasciende, no avanza en la búsqueda de una trama que recree los temas universales del ser humano. En el cine de ficción no se trata de mostrar un lugar, sino de contar una historia dentro de este.

 

LO UNIVERSAL

El secuestro es el detonante en Lo azul del cielo; el hombre retenido muere y la historia se abre en dos vertientes: el secuestrador enamora a la hija del secuestrado y los mismos secuestradores entran en conflicto por el dinero. La primera vertiente se desarrolla en un solo sentido; el secuestrador estudia música para conquistar a la muchacha, pero esta continúa siendo un personaje pasivo que solamente tiene la posibilidad de aceptar o rechazar, pero sin ninguna fuerza emotiva (dramática) que se interponga en su decisión. Aquí se podría suponer que ella se diera cuenta quién es su pretendiente; se abriría el conflicto del amor al padre contra el amor al novio; la muchacha tendría que escoger entre estos dos. Ella, por ejemplo, optaría por vengar a su padre; entonces enfrentaría a su novio y a los demás secuestradores para matarlos. O también podría hablar con la policía y, de una manera protagónica, trazar un plan para apresar a los secuestradores de su padre. El desarrollo de este segundo conflicto, el de la novia, le habría dado mayor trascendencia a la historia, ya que el espectador habría entrado a identificarse de una manera activa con este personaje; él esperaría que ella tomara una dura y crucial decisión frente a su novio. Pero, ¿por qué el guionista no entró a desarrollar la historia de este modo? Por lo que se percibe en la película, él partió de cómo son los conflictos en el entorno y cómo se resuelven dentro de este; no se salió a buscar otras opciones en los manuales de guiones que enumeran las fórmulas mágicas para que una historia se venda. La trama de Lo azul del cielo permaneció en lo local; no avanzó hacia una universalidad del conflicto de las diferentes formas de amar; no enfrentó el amor paterno con el amor al novio. Tampoco entró en los temas globales como la venganza, lo que le habría dado un lugar en un público que ya está creado para este tipo historias.

Lo local se vuelve universal si existe una trama poderosa que desarrolle un conflicto entre las pasiones humanas. El espectador recordará ese pueblo porque allí sucedió algo grave, algo que le puso los pelos de punta. Lo local por sí solo no trasciende; una habitación vacía es eso, pero si en esta el marido mata a la esposa, ya hay un hecho de sangre que la hace memorable. ¿Qué sucede en tal entorno? Es la pregunta que eleva a este por encima de sus costumbres; siempre hay un hecho que rompe la cotidianidad, la vida apacible de un pueblo, como en Cóndores no entierran todos los días (Francisco Norden, Colombia, 1984). El hecho macro ocurrió en la capital (Gaitán fue asesinado), pero este produjo la manifestación en el pueblo y León María Lozano, mediante el uso de la fuerza, logró dispersarla. León María Lozano es el héroe que representa a todos los héroes nacionales. Las víctimas de este personaje, que pertenecen al pueblo, representan las víctimas del conflicto a nivel nacional. La violencia en Colombia es un conflicto local, pero se universaliza porque la violencia es propia de los humanos.

La universalidad en el cine va más allá de volver universal lo local; es necesario particularizar un personaje que exprese sentimientos como el amor, la tristeza, el odio y la venganza, temas recurrentes que crean conflictos. La venganza es el tema en Crónica de una muerte anunciada (Francesco Rossi, Colombia, 1987) y Tiempo de morir (Jorge Alí Triana, Colombia, 1985); en la primera película se recrea la venganza por el honor perdido; los hermanos Vicario deberán vengar el honor mancillado de Ángela, su hermana; ellos matan a Santiago Nasar. En la segunda, un personaje (Julián) está obligado a vengar la muerte de su padre y para esto tendrá que matar a Juan Sáyalo. El tema de la venganza es lo que hace interesante los dos pueblos donde transcurren ambas historias.

El personaje es el componente más universal del cine; de este brotan las pasiones que lo van a identificar con el espectador. Tanto en el personaje como en el espectador confluyen sentimientos de amor, odio, venganza, tristeza, miedo. Estos sentimientos son expresados mediante las acciones y las emociones. Las acciones pueden surgir de la fuerza física o de los sentimientos. Las acciones físicas se refieren a las películas épicas de los grandes héroes y gladiadores que se enfrentan en la arena para saber quién es el más fuerte. El sentimiento se desarrolla en otro tipo de películas cuya acción penetra en las pasiones humanas; las acciones nacen de lo que sienten los personajes. En la adaptación de la novela María, de Jorge Isaac, es el amor entre Efraín y María y la muerte irremediable de esta lo que conmueve al espectador. La acción no puede ser gratuita; tiene que existir una fuerza adentro que la haga reventar afuera, y esta es el sentimiento de venganza, de odio, de amor, y esto es válido también para las películas épicas; el gladiador ama a su pueblo y por esto debe salvarlo del tirano y acepta el duelo en la arena. Ninguna acción debería ser superficial, gratuita, en el sentido de que no tenga un sentimiento universal para asirse.

Para llegar a la universalidad es necesario que el personaje se construya de una manera dramática que, no solamente muestre una acción nacida de un sentimiento, sino que está sea producto de unos pensamientos que hagan que el personaje rompa con sus sentimientos para resolver los conflictos. Las convicciones del personaje son otro elemento que cabe dentro de lo universal y responde a la pregunta de la causa (por qué). Un personaje bien construido da cuenta de unas convicciones fuertes y de unos sentimientos sublimes. La convicción del protagonista en El tiple (Iván Gaona, Colombia, 2013) dice que primero está la vida que todo lo demás; y esta convicción entra en conflicto con un sentimiento de apego: deberá desprenderse de su instrumento más preciado: el tiple. Cualquier espectador del mundo se identifica con este personaje; ¿quién no tiene un objeto que ama por encima de todo?; puede ser una joya, un juguete, un instrumento musical, un libro. La relación del personaje de El tiple con su objeto se universaliza en el sentimiento que avanza hacia el otro, el espectador, quien, a su pesar, entra a aceptar la venta del tiple, solidarizándose con el protagonista, pero luego se alegra porque este logra recuperar su instrumento. He aquí una trama sencilla, pero profunda porque presenta temas que pueden entrar en conflicto como la vida y la muerte, el amor y el objeto, el esposo y la esposa. El personaje desnudo no es universal; es necesario colocarle un ropaje humano; de lo contrario, se convertirá en una marioneta que no va a permanecer en el recuerdo del espectador. Universalizar una película es colocarla al mismo nivel del ser humano; de ahí que la construcción del personaje sea fundamental.

Las películas establecen una universalidad que les es propia. Cada película se destaca por uno o varios universales. La universalidad saca a la película de lo local y la lleva a otros espacios; ya no es una producción nacional sino internacional; el público de cualquier lugar del mundo encontrara elementos de identificación más allá del exotismo que produce un paisaje lejano. Los universales del amor y el odio luchan encarnizadamente; el espectador deberá tomar partido por uno de los dos personajes y esto dependerá de la cultura. El amor de una mujer por salvar a su hijo y el odio de un padre porque este le asesinó a su hija y deberá matarlo. He aquí dos universales (el amor y el odio) para construir una trama bien sólida.

Que un tema sea universal o no también está determinado por el tiempo en que existe. Los grandes  temas como el honor y la venganza son vistos de diferentes maneras, dependiendo de la época. La venganza por el honor mancillado en Crónica de una muerte anunciada pertenece a una época en la que la virginidad era un tesoro guardado para la noche de bodas. Hoy, en el siglo XXI, este tema ya está superado y la virginidad se mira como la primera vez que se está con un hombre, pero ya no se relaciona con el honor ni el matrimonio. El tiempo de la violencia pertenece a todas las épocas de la humanidad; la prehistoria, los griegos, los romanos, la Edad Media, La primera guerra mundial, La segunda guerra mundial, las guerras en el Oriente Medio. En Confesión a Laura (Jaime Osorio, Colombia, 1991), la violencia se particulariza en el detonante de la llamada violencia política en Colombia; Gaitán es asesinado en el afuera y los personajes de esta historia están obligados a permanecer dentro de sus casas hasta el día siguiente. Lo local, los espacios, se universalizan al establecer un adentro y un afuera, un adentro de protección y un afuera de peligro. Estos dos espacios se podrían rastrear desde la misma prehistoria del hombre, cuando este se protegía en cavernas, no solo del invierno y las fieras, sino del hombre mismo.

El tiempo como medida es lineal para el ser humano; este nace, se desarrolla y muere. Así también es visto el tiempo de las historias en la Poética, de Aristóteles: introducción, desarrollo y desenlace. Esta manera de percibir el tiempo se ha vuelto universal en el cine. Existen manuales que lo explican y hasta establecen cuántos minutos dura la introducción (30), el desarrollo (60) y el desenlace (30). La película puede jugar con el tiempo; empezar por el final y transitar el camino inverso hasta el principio, pero el espectador, a la hora de contar la película, tratará de ordenarla en el tiempo lineal de la historia. Crónica de una muerte anunciada juega con el tiempo; del presente va al pasado para recuperarlo en la imagen; Santiago muere en el inicio, cuando la gente del pueblo corre por las calles, pero la historia se devuelve para seguir desarrollándose hasta un final en el que se ve el acuchillamiento de los hermanos Vicario contra el cuerpo indefenso de Santiago.

El tiempo sirve a lo local para especificarlo; basta mirar una vivienda del siglo XIX en Medellín y compararla con un apartamento en el siglo XXI, en la misma ciudad. La arquitectura y los objetos que contienen las hacen diferente. El tiempo avanza de lo local a lo universal cuando muestra el tratamiento de un mismo tema en diferentes épocas; hace treinta años no existía el celular, pero ahora es posible verlo encima de la cama en la escena de un crimen. La utilización de armas en la guerra particulariza cada época, pero la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad; es una acción que se universaliza y afecta a toda la especie, y es el tema que más espectadores convoca en el cine.

 

LO GLOBAL

Lo local y lo universal avanzan hacia lo global, un término que se relaciona directamente con el mercado. Lo local se vuelve exótico para el resto de espectadores del mundo en las películas que suceden en paisajes muy específicos, como el desierto de la Guajira, en Los viajes del viento (Ciro Guerra, Colombia, 2009) o la laguna de La Cocha, en la Sirga (William Vega, Colombia, 2013). El espectador no solamente asiste a una historia, sino a un paisaje desértico, en la primera película, o de clima frío, en la segunda. Lo local se describe, pero inserto en la trama, de tal manera que este no se malogre sino que contribuya a la narración de la historia.

En el cine hay ciudades que se vuelven globales como Manhattan y New York; infinidad de películas se han filmado en estas dos metropolis. Basta mirar el inicio de múltiples películas de acción; siempre en la panorámica de los créditos se destaca el puente que las une. El espectador ya está familiarizado con el puente, la Quinta Avenida y los negocios de comidas rápidas, más las comisarías con los policías que se afanan por hallar la verdad. En el cine colombiano todavía no hay una ciudad que se destaque por encima de las otras; se ha ido del campo a la ciudad, y viceversa, pero no se puede decir, por ejemplo, que Medellín, Cali y Bogotá sean reconocidas cinematográficamente. El cine colombiano está en construcción; no existen suficientes películas sobre una misma ciudad, ni las pocas que son producidas se han difundido masivamente para decir que esta es la ciudad de Carlos Moreno (Cali) o de Víctor Gaviria (Medellín), como sí podría afirmarse de New York (la ciudad de Scorsese y de tantos otros directores). La ciudad, para ser global, cinematográficamente, debe tener un reconocimiento de los espectadores, tanto a nivel nacional como internacional, y deberá mostrar sus símbolos específicos; el edificio Coltejer en Medellín o el Arco del triunfo en París.

Los grandes temas universales se globalizan gracias a la recurrencia, en varias décadas, y al marketing en estos tiempos de la publicidad. El amor todo lo puede; la búsqueda de la verdad, aun por encima de la ley; el héroe que vence al mal; el miedo que produce el victimario y el valor de la víctima para defenderse o huir; alguien persigue a alguien; la lucha por la patria o por la humanidad; el odio contra el amor; la venganza por el honor o por la muerte de un ser querido. Todos estos temas ya tienen un mercado asegurado; el cine, a través del tiempo, se ha encargado de globalizarlos para un público masivo. En Colombia, las películas todavía no abordan los grandes temas del cine global; esto hace que carezcan de un público masivo, aquel que está formado dentro de unos lineamientos trazados por el marketing. Ya las producciones nacionales no presentan problemas técnicos de sonido y fotografía, pero en cuanto a la trama no han trascendido lo local, las películas permanecen estancadas en una idiosincrasia que no cautiva a nadie porque es simplemente la repetición de una realidad que también se ve en la televisión (compárese en cine de Dago García con el programa de humor, Sábados Felices).

La búsqueda de la verdad por encima de todo, incluso de la ley, es una constante en las películas del cine comercial. La verdad se relaciona directamente con la autoridad y el poder; los tres forman una fuerza invencible para luchar contra el malo. El cine policial investiga lo que verdaderamente ocurrió; al final, el malo será castigado o eliminado. El bien y el mal también van de la mano con la verdad; los buenos se ubican en la verdad y los malos en la mentira. La verdad no reside en la veracidad de los hechos, sino en el poder y la autoridad; el poder del protagonista y de la justicia contra el poder del malo que actúa por fuera de la ley,

El tema del héroe atraviesa la historia de la humanidad, desde aquel Aquiles que luchaba contra los troyanos hasta los grandes héroes que el cine ha creado. León María Lozano, en Cóndores no entierran todos los días, es un héroe que permanece en la sombra, pero sus mandatos están influyendo en la vida del pueblo y del campo. Mónica, en La vendedora de rosas, es la heroína trágica, la que perece a manos del Zarco. La mayoría del cine comercial destaca, de entre los personajes, uno solo, aquel que es el protagonista de la película; este tiene la faculta de resolver el conflicto y de permanecer hasta el final. El héroe cuenta con características que lo hacen único: está la fuerza física, la inteligencia, el honor, la honestidad, la verdad, etc. El héroe lucha desde lo que es para lograr un objetivo; casi nunca pierde; son contadas las películas en las que sale derrotado. Claro que existen aquellas con un final abierto, lo que da lugar a una segunda y tercera parte.

La identificación del héroe con el espectador parte de una cultura individualista; es uno solo el que salva a la humanidad del malvado. En casi todas las películas existe un héroe cuyas acciones son las que guían toda la trama. El héroe es global en el sentido de que pertenece a las grandes producciones del cine. Piénsese en los superhéroes, hombres con poderes sobrenaturales que luchan por la verdad o por salvar a la humanidad, y que tuvieron su origen en los comics, como Batman. En esta era del marketing, las productoras están reciclando los héroes de siempre, pero con el atractivo de los efectos digitales, recurso que da la posibilidad de crear sin límites.

La difusión de las películas es otro elemento que aporta a la globalización del cine comercial. Grandes producciones son anunciadas por todos los medios de comunicación. Estrenos masivos a nivel mundial y por diferentes medios atrapan al espectador, no solamente en la sala de cine, sino en su propia casa. El internet es un vehículo que transporta las películas a la intimidad de una computadora. Ya las salas de cine son un medio más para presenciar una película; hay que sumarles la televisión y el internet. El cine ha entrado a la era del mercado, es un producto que tiene su lugar en el centro comercial; allí se encuentran varias salas para que los espectadores, que van a comprar, también tengan la oportunidad de distraerse con el estreno de turno.

Los géneros cinematográficos caben dentro de lo global; cada uno de estos ha logrado trascender las fronteras de lo local para convertirse en productos globales. En el cine colombiano ha habido varios intentos de llegar a lo global, uno de estos es La cara oculta, película que se puede inscribir dentro del género de terror. En el primer acto se intenta mezclarle los ingredientes de las películas de miedo, pero a partir del segundo la misma película desarrolla sus propios códigos y la trama se torna interesante para el espectador. Escribir historias de género no es fácil, no basta con estudiar las características de, por ejemplo, el cine negro; es necesario encontrar una historia que permita explorar los rasgos propios de un género y, a la vez, que sirva para descubrir y aportar otros nuevos que enriquezcan y hagan que el género evolucione.

Los géneros han tenido sus épocas dentro de la historia del cine universal; se habla del género negro, del musical, de terror, el western, etc. En el cine colombiano se podría mencionar el género del narcotráfico, pero este se ha dedicado a copiar los mismos clichés de las películas policiales; aparecen las mismas persecuciones que se ven en las películas norteamericanas, pero no se ha penetrado más allá de la acción desnuda, no se ha llegado a estudiar características específicas que guíen la acción de una manera particular, de tal manera que el género del narcotráfico se diferencie, por ejemplo, del cine policial. Las películas del narcotráfico en Colombia, en el afán de convertirse en comerciales, han descuidado las tramas dramáticas; no basta con partir a otro con una motosierra; hay que crear toda una dramática para que esa muerte que se produce, de forma violenta, penetre en el sentimiento del espectador, no como un efecto del momento, sino como algo grave que proviene de los antecedentes de los personajes. En otras palabras, es necesario dramatizar y contextualizar la violencia para que no aparezca en el aire, para que no se convierta en las mismas películas que se ven a diario en las series de la televisión colombiana y del cine internacional.

En la era del marketing es posible convertir todo en un producto; sin embargo, este tiene que reunir unas condiciones de calidad para que sea atractivo y cautive al espectador y a los distribuidores. Los manuales de guion están hechos a la medida de un mercado ya establecido; el público masivo del cine ha sido creado por una serie de fórmulas y las películas que no se encasillen dentro de estos parámetros, seguramente no tendrán una buena taquilla. La cara oculta es una película que prescinde de lo local, como espacio donde sucede la historia, para centrarse en una trama universal y global: el triángulo amoroso. Desde esta estrategia rompe con la producción cinematográfica nacional, en las que lo local está por encima de la trama, y busca un mercado fuera de las fronteras de Colombia. El dilema está en si hacer cine para nosotros mismos o producir películas que se vendan en cualquier parte del mundo. Una película pensada para un público nacional no es rentable, por los altos costos; es necesario trazar una estrategia que permita hacer cine global; de lo contrario el cine nacional dependerá siempre de las ayudas estatales.

NELSON DE JESÚS RENDÓN GARRO. Nació en Colombia, en el municipio de Ciudad Bolívar, Antioquia, en 1960. Ha sido docente universitario en el Politécnico Colombiano “Jaime Isaza Cadavid”. Es Licenciado en Educación: Español y Literatura, y Magister en Literatura Colombiana, de la Universidad de Antioquia. Publicaciones: El acontecer de los arrieros, Los de siempre, El relevo, El último travelling, La promesa, Soñaba ser como Aristi y Un relámpago de viento.

 

jueves, 4 de septiembre de 2014

EL TIPLE, DE IVÁN GAONA





LA INTIMIDAD DE LA HISTORIA

en EL TIPLE

de Iván Gaona

La puerta de una casa campesina se abre para contarle una historia al espectador. Verónica, la esposa, está enferma en la cama y Pastor, el esposo, deberá conseguir el dinero para comprarle los medicamentos. Lo único que posee para vender es el tiple, el instrumento más preciado porque lo ha acompañado durante cuarenta años. Lo que tiene valor no es lo que cuesta millones de pesos, como un vehículo de alta gama o una casa grande, llena de comodidades. Vale más aquello que está dentro del sentimiento de la vida de una persona, el hecho de sentarse todas las tardes, después de la jornada, a tocar unas cuerdas y a tararear una canción, o el irse para una cantina del pueblo a tocar canciones por unos cuantos aguardientes que le brindan los amigos. Son estos momentos lúdicos los que alejan al hombre de su condición de especie para convertirlo en un ser humano que es sensible al arte de la música. Se podría afirmar, entonces, que el dinero no vale nada, pero, si no se tiene, representa todo en un mundo material; desgraciadamente, el tiple cuesta dinero, apenas más de lo necesario para adquirir los medicamentos que pararán de la cama a Verónica.

Pastor se ve enfrentado a dos sentimientos sublimes: por un lado está la esposa enferma y, por el otro, el tiple; debe optar por dejarla enferma, quizá, hasta que muera, o deshacerse de su instrumento. Elige el segundo porque él podría recuperar el tiple más adelante, pero la vida de su esposa, si se pierde, es para siempre. Sabe que alguien en el pueblo le gustaría comprarle el tiple, porque ya le ha ofrecido por este, entonces la llama y luego sale por la carretera con su preciado tesoro en las manos. Antes de entregarle el tiple a Gladys y recibir el dinero toca un torbellino y, con el pesar en el rostro, regresa a su parcela. Pero, vaya sorpresa, su esposa ya está levantada porque su hija logró, por otro medio, conseguir los medicamentos. La sorpresa es mayor cuando vuelve de buscar el tiple y se encuentra con Gladys, la nueva dueña del instrumento; ella ha ido a devolvérselo. Verónica le pide que le cante una canción y él se sienta a tocar. La tristeza por la pérdida del instrumento da paso a la alegría, el sentimiento grande por haberlo recuperado. La puerta se cierra como si fuera el telón de una sala de cine; el espectador se sonríe, se pone en pie y sale con la satisfacción en el rostro; por un momento, unos cuantos minutos nada más, se entristeció porque creyó que el protagonista había perdido su instrumento más preciado.

La fuerza de esta historia no se halla en el valor monetario del tiple, sino en lo que representa para su personaje. El compartir los años con su instrumento crea apego hacia este; el tiple ya no es un objeto cualquiera; está incluido en la rutina diaria, en la vida de la familia. Es como cuando alguien abandona un lugar; no es una casa o un paisaje lo que deja atrás, sino su propia vida, las raíces que ha arraigado. Verónica quiere que le toque una canción, es ella la que suele escucharlo, pero Pastor no puede porque ya sale a vender el tiple; entonces él le saca una disculpa: le dice que cuando se alivie. Toda historia debería tener una fuerza, una energía que la empuje hacia una solución, y esta no puede ser material, sino que tiene que surgir de los sentimientos y las convicciones de los personajes. Una acción es significativa en una película, no por su espectacularidad, sino por la fuerza interior del personaje que la produce. Existe una pérdida si se toma una decisión; puede ser el honor, la ética o, en este cortometraje, un tiple, pero luego deberá aparecer la ganancia, la solución o vuelta a la normalidad. En la trama hay una alteración: se rompe la cotidianidad porque Verónica se enferma y se requiere de una solución inmediata; al final, ella se recupera y la vida de esta familia retorna, vuelve a ser como antes. Todos se reúnen (Verónica, la hija y Gladys) para escuchar a Pastor.

La misma imagen describe los personajes por sus características físicas y sicológicas, más el entorno donde se encuentran: se trata de campesinos, seres humildes que viven una historia que no es importante para convertirse en noticia. ¿A qué reportero y audiencia televisiva le va a interesar que un hombre venda un tiple porque necesita dinero para comprar unos medicamentos? No es la muerte de un personaje ilustre ni la bomba que explotó en Siria; tampoco se refiere a la corrupción o el atraco a un banco. Esta historia es significativa para los personajes que la viven y para el espectador que la ve. El cine, a diferencia de los medios de comunicación masivos, establece una relación íntima con el espectador que asiste a una sala. Al apagar la luz, la única fuente luminosa es la del telón, espacio blanco en el que se está contando una historia mediante imágenes y sonidos. Esta historia en manos de un noticiero serviría para despertar lástima, pero, gracias a la sabiduría de su director (Iván Gaona), se convirtió en una pieza cinematográfica sublime.

La historia está contada de una manera íntima; no se aleja para mostrar otras cosas, como decirle al espectador que sucede en un país que tiene una guerra crónica, con el único pretexto de dar a conocer una época. No quiere decir esto que el tiempo no exista; se relaciona directamente con la vida y acción de los personajes; es la época de la vejez de los esposos y es el día en que ella cayó enferma y a él le tocó salir a vender tiple. En cuanto al espacio, el espectador sabe que es una casa campesino y un pueblo (Güepsa) los lugares donde sucede esta historia; se da cuenta porque el protagonista está en su casa y camina al pueblo y pregunta en el mercado si alguien ha visto a la señora Gladys. Hay que saber pensar las historias para no caer en las imposiciones académicas, en aquello que dictan los cánones de los expertos en guion y narración. La intimidad de la historia en ningún momento se rompe; el espectador fue un visitante que traspasó la puerta para saber que allí, adentro, sucedía algo. Caminó con el protagonista a vender el tiple; luego salió con este a recuperarlo y, por fin, tuvo la sorpresa al final. A Gladys, la compradora del tiple, poco le importaba el valor del dinero, pero sí lo que representaba este instrumento para la vida de Pastor y su familia.

La intimidad de esta historia se dice, también, en la forma visual y sonora, los dos elementos que se juntan para crear el cine. A veces se escuchan voces facilistas que pregonan la muerte de los planos y que piden a los aprendices que no profundicen en la dramaturgia de la imagen. Para romper las reglas es necesario aprenderlas primero; de lo contrario, no se sabrá qué se está haciendo y se correrá el peligro de caer en la mediocridad. No hay nada más apasionante que sentarse a ver una película y encontrarse con unos planos bien construidos, con una iluminación propia de la historia y, en este cortometraje, con una música que respeta los momentos más críticos de los personajes, aquellas  escenas fundamentales. La música no redunda en la búsqueda de hacer patéticos los sentimientos de los personajes. Componer la música de una película es un oficio que está más allá de todo facilismo; exige una rigurosidad en el conocimiento de la historia y de la intención planteada para que la propuesta musical se salga de los clichés de las películas comerciales y ahonde en la coherencia contextual. Esta fue, quizá, la lucha del compositor Edson Velandia, encontrar una música propia del entorno de la historia. Hay que tener en cuenta que, a veces, al espectador común le es difícil asimilar una propuesta nueva, pues su oído está acostumbrado al ruido escandaloso de la mayoría de las películas comerciales de Hollywood.

Una de las características del cortometraje es la economía en la narración de las acciones; se traza un camino y se sigue por ahí sin desviarse, sin extenderse para desarrollar otras subtramas o profundizar en la vida de un personaje. El cortometraje es como el cuento en la literatura; crea tensión a partir de un único asunto que se resuelve en pocas páginas, sin alargarse en detalles gratuitos; para esto último existe la novela y en el cine está el largometraje. El cortometraje exige que la historia se cuente en un número determinado de planos, y estos tienen que ser los precisos; de ahí que el director deberá tener la capacidad para hacer en la edición una selección acertada de los planos y las escenas.

La trama no solamente debe estar bien lograda en el guion; este es el primer paso porque es necesario llevarla a la imagen precisa, al plano construido de una manera limpia, sin redundancias o alargamientos innecesarios. La sabiduría no está en la extensión sino en saber cortar el plano a tiempo; que a este no le sobre ni le falte nada. Todo tiene su medida, y esta característica también es propia de artes como el cine, la literatura y la música. No se debe caer en excesos; hay que aprender a expresarse cinematográficamente, y para esto se necesita de ingenio, de tener la capacidad de pensar en lo que se va a hacer antes de coger la cámara, ese aparato que no perdona nada, pero que tampoco razona ni remedia los errores humanos.

El tiple es una preciosa joya del cortometraje colombiano, una historia que se universaliza gracias a que parte de la intimidad de unos personajes sencillos y humanos para presentar el amor por la pareja y el apego por aquello que se posee durante largo tiempo. Por lo anterior, esta historia se puede proyectar en cualquier sala del mundo también porque su propuesta visual traspasa las  barreras idiomáticas. El mundo rural no es menos interesante que el entorno urbano, si se trata con la suficiente maestría, si se le gasta el tiempo necesario para ahondar en sus historias más íntimas. La puesta en escena de El tiple es impecable, tanto en la coherencia y armonía de los elementos narrativos de la trama (personajes, tiempo, espacio e historia), como en la calidad técnica de la producción.

Agosto 27 de 2014

sábado, 23 de agosto de 2014

Una historia de violencia. David Cronenberg








El eje de la trama en

UNA HISTORIA DE VIOLENCIA

de DAVID CRONENBERG



Autor: NELSON RENDÓN GARRO




La apacible vida en un pueblo se rompe cuando dos asaltantes entran a un café e intentan violentar a una empleada. El protagonista interviene y, de una manera violenta, logra matar a los asaltantes. La noticia es presentada en los noticieros de la televisión y en los periódicos, y el protagonista se convierte en un héroe nacional que también es admirado por los vecinos y su propia familia. Sin embargo, el hecho violento sorprende, abre una incógnita porque viene de una persona pacífica; él es un padre de familia trabajador y responsable; vive en las afueras con su mujer y sus dos hijos: una niña y un adolescente que estudia la secundaria.

Como la noticia de este hecho traspasa las fronteras del pueblo, porque es difundida a nivel nacional, los antiguos enemigos del protagonista se dan cuenta en dónde se encuentra y viajan para saldar viejas deudas de sangre. El enemigo no solo quiere vengarse, sino desenmascarar su vida pasada; con sus amigos entra al café y llama al protagonista por su nombre verdadero; este se hace el desentendido, pero su mujer empieza a dudar; ya no está muy convencida de la buena reputación de su esposo. En un centro comercial, el enemigo le revela a ella la verdadera identidad del protagonista. Luego lo persigue para obligarlo a volver a Philadelfia; le secuestra a su hijo y se lo lleva a la casa; allí se produce un enfrentamiento violento en el que también interviene el hijo del protagonista porque se ve obligado a evitar que su padre sea asesinado. El protagonista no encuentra otra solución que la de viajar para enfrentarse con su propio hermano; después de matarlo regresa a la casa y se reconcilia con su familia. La historia parece decir que a los enemigos hay que matarlos para no tener más problemas en el futuro. Esta es la sinopsis de la película de Cronenberg.

Aparentemente esta es una historia cualquiera, pero si se penetra más profundamente se descubre que va más allá de la violencia cruda y sin sentido. El enfrentamiento con los enemigos produce el conflicto familiar; la esposa y el hijo cuestionan al protagonista porque, verdaderamente, no saben con quién están compartiendo la vida. En un principio, él niega, no quiere que su familia se entere de su pasado, pero luego trata de hacerles entender a su esposa e hijo que ha cambiado y ya es otro.

La trama de Una historia de violencia gira alrededor de un eje violento. El hijo tiene problemas en la secundaria con otro estudiante; este lo provoca hasta que lo obliga a enfrentarse a los golpes. La violencia de estos dos adolescentes se extiende en el hijo cuando se ve involucrado en los problemas de su padre; le echa mano a la escopeta y mata a uno de los enemigos. Es un momento límite, trágico; se ha manchado las manos con sangre, él que es una persona buena. La mujer del protagonista inicia un juego amoroso, de adolescentes, con su marido; se viste con una minifalda y lo seduce para hacer el amor; los dos, entre risas, se tiran a la cama y juegan y se aman, pero más adelante esto se convierte en una relación conflictiva cuando los dos discuten y, finalmente, de una manera violenta, terminan haciendo el amor en las escaleras que llevan al segundo piso. Se muestran cansados, tanto física como moralmente; ella no concibe que la vida apacible se haya vuelto pedazos; él está deshecho, no encuentra cómo evitar que su pasado destruya el presente que ha ido construyendo de una manera decente.

La relación de la mujer con el esposo y la del hijo con el padre desembocan en la violencia desde un hecho que, aparentemente, no reviste ninguna gravedad; por el contrario, ha convertido al esposo y padre en un héroe nacional. La trama parte de una situación en calma: el hombre que va a su trabajo, el hijo que se dirige al estudio y la mujer que mima a su pequeña hija. Aparece el hecho violento que rompe, que acaba con la tranquilidad, que hace girar la historia en otra dirección. La situación del protagonista empieza a empeorar desde dos ángulos: por una parte está la llegada de los enemigos y, por otra, debe conservar su normalidad familiar. El enfrentamiento con estos enemigos en la propia casa es un hecho que obliga al protagonista a tomar una decisión porque ya su familia está destruida por la violencia; él deberá retornarla a la calma, pero para lograrlo tiene que saldar las deudas del pasado. He aquí los tres actos de esta trama: la situación en calma, el conflicto con los enemigos y la propia familia, y el viaje para terminar de resolver lo que había dejado inconcluso en Philadelfia. Cuando regresa a su hogar, su pequeña hija le dispone los platos en la mesa para que, nuevamente, la familia se reúna a cenar.

En la Poética, de Aristóteles, dice que si el conflicto se produce entre hermanos o familiares, se torna más lastimero, es más intenso que si se produjera entre enemigos y neutrales. En Una historia de violencia el conflicto es más intenso porque penetra en la vida familiar y la destruye. No es la violencia entre enemigos, únicamente, sino aquella que se produce al interior de la familia la que obliga a la búsqueda de una solución. Matarse por matarse, por una venganza, es la historia exterior, pero la interior, la de la familia, aunque no hay armas que disparen, se convierte en un enfrentamiento de carácter moral. Fuera de esto, su conflicto exterior es contra un hermano; este lo intenta matar; él tiene que defenderse y darle muerte. La acción interior (la familia) y la exterior (contra el hermano) son más lastimeras, según Aristóteles. En conclusión, la trama, fuera de cumplir con la estructura en tres actos, también acoge esta característica del enfrentamiento entre familiares, estudiada por Aristóteles en su Poética.

miércoles, 24 de julio de 2013

EL SER DEL PERSONAJE CINEMATOGRÁFICO


 

 

 

 

 

 

EL SER DEL PERSONAJE CINEMATOGRÁFICO

 

 

Autor: NELSON RENDÓN GARRO

nelson.rendonga@hotmail.com

En el teatro, el actor busca al personaje y lo construye  basado en un texto o en la realidad; lo va moldeando en los ensayos hasta tenerlo creado con sus movimientos, gestos y parlamento; primero realiza este trabajo solo o con sus compañeros de escena; luego hará la presentación frente a un público; tendrá la posibilidad de la acción-reacción para darse cuenta si su actuación fue buena o deficiente. En el cine no sucede lo mismo; este arte nace como registro, no como presentación; una cámara, situada en un punto cualquiera, filma lo que sucede; los actores no sienten la presencia de la mirada porque no se encuentran actuando ante un público.

En un principio, la gente que se veía en las pantallas de cine era común y corriente, estaba viviendo su propia vida, no representaba la de otros. Unos obreros, en Lumiere, salen de una fábrica, y estos son reales, así aparecen ante la cámara para perpetuarse; no se trata de actores sino de los mismos obreros de la fábrica. Luego irrumpen los actores que viven la historia de alguien, pero está actuación no puede romper con la realidad; los actores construyen cada escena como si fuera real, como si no estuvieran actuando ante alguien. La construcción teatral de los actores desaparece para darle paso a un personaje que va a expresar las emociones que le producen sus mismas acciones o las de otros con los que está interactuando.

En el teatro no importa que el actor sea un viejo, este también puede convertirse en un niño de siete años; cualquier actor representa a personajes de diversas edades, épocas y culturas. Ya hay un convenio entre espectador y actor: el primero cree que este viejo es un niño porque, mediante el maquillaje y el tono de la voz, ha logrado una apariencia física y psicológica. La verosimilitud en el teatro es diferente de la del cine; el espectador es consciente que este actor, de carne y hueso y perteneciente al siglo XX, está representando a Ricardo III, un rey que existió en el siglo XVI. El público que asiste a cine es consciente que en la imagen proyectada en un telón se mueven personajes, no actores; estos ya actuaron ante la cámara y un equipo de producción.

En el cine, el personaje, ayudado por el director de casting, se sale del guión y viaja en busca de un actor cuyos rasgos físicos y psicológicos se le parezcan o sean comunes para ambos. Aquí sí importa la edad: un viejo representa a un viejo, un joven a un joven y una mujer a una mujer, aunque ha habido excepciones en las que un hombre ha representado a una mujer, y viceversa. En el casting se cita a actores de varias edades, según las necesidades; por ejemplo: el director requiere hombres entre 50 y 60 años; o para determinado papel se está buscando una actriz de raza negra. Entre actor y personaje debe haber, pues, un acercamiento, y este facilitará la actuación y la verosimilitud ante el público.

El actor elegido en el casting lee el guión una y otra vez hasta encontrarse con el otro que va a ser él; lo profundiza en su forma de pensar y de sentir, y se compenetra con la historia que está gozando o padeciendo el personaje. El actor se abandona a sí mismo y le da la bienvenida a su personaje; ya es un gánster en una ciudad como Detroit o el aventurero que le tocará recorrer la selva amazónica. Este es un trabajo de disciplina, intuición y sabiduría; saber, por ejemplo, cómo resuelve los problemas el personaje y por qué lo hace así; analizar por qué emprende una aventura y cómo se relaciona con los otros personajes de la historia; qué parentesco tienen: si son madre e hija, o padre e hijo o sobrino y tío. Quién es el personaje para sí mismo y quién es para los demás, cómo lo ven y lo tratan sus interlocutores. Todo este aprendizaje, que no se logra de la noche a la mañana, sino en una constante reflexión del estudio realizado, dará como resultado un personaje creíble.

Con el paso de los días, el actor se va convirtiendo en un amigo del personaje, y ambos se ven caminando por una calle; poco a poco, el actor se funde en el personaje hasta desaparecer del todo; entonces ya no son actor y personaje los que deambulan por una calle, es el personaje quien siente deseos de un café y entra a una cafetería; el actor ha quedado atrás, ha desaparecido en el olvido y durante el tiempo de producción y rodaje el personaje vivirá una historia.

Pero el estudio del personaje va más allá del guión; el texto escrito es apenas el punto de partida hacia otras acciones que son propias del personaje, las cuales se hallan en la realidad. Si el actor es contratado para interpretar a un mafioso, indaga sobre la forma de vida de estos: cuáles son sus gustos y sus excentricidades; cómo se relacionan, por ejemplo, con las mujeres; dónde viven y a qué se dedican, fuera de producir y comercializar droga. Se debe avanzar hasta individualizar al personaje; no todos los mafiosos se comportan igual. En este tipo de personajes (mafiosos, sicarios, policías) existe el peligro de los estereotipos, que son tan comunes en la televisión; en esta, por ejemplo, todas las mujeres perversas actúan igual, sus gestos son los mismos. El actor explora la vida cotidiana del personaje para conocerlo como un ser único, individual; no es el mafioso sino Juan quien se dedica a la comercialización de drogas ilícitas. El personaje se compone de lo que es y lo que hace; un personaje es un médico, pero en la sombra se camufla para producir cocaína; el actor estudia esta doble vida y entiende el comportamiento de este personaje, se sumerge en su ambigua personalidad y aprende a aparentar ante los otros.

Un personaje no nace en la historia, su vida está más atrás y más adelante; lo que vive en el guión es el presente de una historia. Partiendo de la vida del personaje, de su pasado y sus anhelos, el actor asiste a la transformación de este en cada una de las escenas; comprende cómo siente un padre al que le fue arrebatado un ser querido; se da cuenta si va a optar por la venganza o elaborará el duelo y saldrá victorioso con una nueva vida. Un personaje con formación cristiana, al cometer una falta, se inclinará por el arrepentimiento o el castigo; o se tratará de un personaje degradado, de esos que nada les importa lo que les haga a los demás. Saber, también, las aspiraciones del personaje lleva a conocer sus frustraciones ante un hecho que lo detuvo, que no le dejó conseguir lo anhelado. El personaje es presente, pasado y futuro; penetrar en estos tres tiempos es apropiarse de una vida completa para representarla, luego, en la historia que pertenece al guión.

De emociones y acciones se compone la vida de un personaje; se ruedan películas en las que solamente importa la intrepidez, las acciones físicas; este es el cine llamado de acción; en toda la película el personaje se la pasa corriendo, persiguiendo a otro, saltando, peleando a golpes, disparándole a un enemigo, huyendo en un vehículo. Otro tipo de cine profundiza en los sentimientos; la despedida del amado en un puerto; él se aleja en el barco y ella permanece en el muelle; deberá dar la vuelta y dirigirse hacia su casa; el caminar lo hará de tal forma que muestre la tristeza por el alejamiento de su ser querido. Este es ya un trabajo complejo para el actor, hacer que el personaje, con sus gestos y movimientos, y tal vez sin palabras, viva ante la cámara un sentimiento de soledad y tristeza. Los sentimientos nacen de las acciones y estos crean nuevas acciones, la búsqueda de una nuevo amor o el esperar pacientemente el regreso del amado. El actor, convertido en personaje, debe creerse la historia, interiorizarla y evitar que se delate la fisura que existe entre la ficción y la realidad.

El ser del actor, entonces, le da paso al ser del personaje; esto es tan sencillo como apagar una bombilla en la sala para encender otra en la habitación. Aparentemente no se nota ningún esfuerzo cuando se trata de actores profesionales; sin embargo, requiere de un estudio de actuación profundo, en el que el actor se conozca a sí mismo en su forma de pensar y de actuar, en su manera de sentir y de interactuar con los demás. Ir al ser del personaje exige, pues, un aprendizaje de técnicas como el manejo de la voz; por ejemplo, para expresarse tímidamente ante una persona desconocida o adoptar una actitud alegre porque ganó una partida en el casino. La misma afinidad que existe entre actor y personaje hace creer que el paso del primero al segundo es sencillo; actor y personaje no son lo mismo; un actor nunca ha fumado marihuana, pero debe actuar como el que sí lo hace; el actor deberá comprender la adicción del  personaje para poder representarlo. No es solamente saber cómo el personaje enciende un cigarrillo de marihuana, esta es la acción desnuda, sino descubrir y entender el sentimiento que lo lleva a realizar dicha acción.

El ser del personaje es complejo; sus acciones pueden ser arbitrarias o lógicas, ¿y de qué depende esto?; ¿estamos ante qué personaje? Algunos personajes rompen la lógica de la causa-efecto, tan trillada en el cine; no se puede prever su reacción ante un hecho o algo que les suceda. Esta arbitrariedad humaniza al personaje, lo vuelve impredecible; así somos todos en la vida diaria, desconocemos cómo vamos a reaccionar ante una situación cualquiera. La complejidad obliga al actor a estar despierto en todo momento; estará expectante ante la reacción de su personaje en determinada situación y la interiorizará, de tal manera que en el momento de sacarla al exterior también sea impredecible para el espectador.

Hay actuaciones que son forzadas, que muestra cierta rigidez en el personaje; esto sucede porque el ser del actor todavía no ha desaparecido del todo; el actor se ha negado a ser el personaje, pero no voluntariamente, sino porque le falta un aprendizaje práctico y consciente que le permita desprenderse de sí mismo. Para ser un personaje no basta con estudiar a este en su complejidad; antes, el actor tuvo que tener una formación en dramaturgia; la unión de estos dos estudios lleva al actor a compenetrarse con su personaje de una manera consciente y natural.

La historia del guión no tiene el mismo desarrollo en la puesta en escena porque los planes de rodaje se elaboran desde otros parámetros; por ejemplo, se parte de las locaciones para rodar primero los interiores y luego los exteriores. Si un actor no tiene el suficiente tiempo para estar en el rodaje, el director optará por rodar todas las escenas donde este aparezca y después seguirá con las demás. Estas discontinuidades afectan al actor porque no podrá vivir la historia de principio a fin, seguirle su desarrollo natural; tendrá que interiorizar las emociones del personaje y estar preparado para pasar, de una escena a otra, de la tristeza a la alegría o de la euforia a la frustración; esto exige una gran versatilidad para manejar las emociones mediante una memoria de las vicisitudes de la historia. El personaje ríe en un plano y llora en el siguiente, pero estas acciones no se producen espontáneamente, sino que habrá todo un esfuerzo mental que le permita a estos sentimientos salir al exterior de una manera natural, no forzada. Un personaje se dispone a cruzar una calle y casi es atropellado por un automóvil; ¿cómo se comportará en la oficina unos minutos después?; pero estas dos escenas no se rodarán seguidas; puede que la segunda suceda en el día martes de rodaje y la primera en el día viernes; el actor guardará en su memoria las dos escenas y sabrá que en la oficina todavía tendrá el susto de la calle y esto, quizá, lo llevará a tomar una decisión descabellada.

La cámara se le convierte al actor en un factor de distracción; el lente es el ojo que lo está mirando en su acción, y esta permanecerá para siempre, actúe bien o mal. El equipo de rodaje se le interpone, le distrae, lo mismo que las luces y el hecho de que sea escuchado por un micrófono que está colgando sobre su cabeza. El actor debe liberarse de estos factores de distracción, y lo logrará en la práctica, al estar en contacto con el equipo de rodaje y las cámaras; es necesario rodar varias escenas y cortometrajes hasta que se acostumbre a actuar frente a otros, que no son los espectadores. Se podría asegurar que en el cine el actor está solo, sin público, viviendo una historia para él y los demás actores; nadie más existe cuando el director da la orden de rodar; solamente dos palabras lo rigen: acción y corten; estas pertenecen a la realidad del rodaje, pero no de la historia. Cuando el director grita acción, el vínculo entre realidad y actor se rompe para dar paso al vínculo entre personaje e historia. Cuando el director grita corten, el actor despierta del sueño, de su personaje y la historia, y retorna a la realidad para prepararse porque enseguida deberá rodar el siguiente plano.

En conclusión, se cree que la actuación en el cine es menos problemática que actuar en las tablas y ante un público; hasta se cantaletea que en el cine no se actúa, esto es lo que se ha escuchado algunas veces. Bastaría comparar la actuación de un actor con formación profesional y uno que no la tenga; se analizan los gestos y aquí se advierte que no es un trabajo fácil; el segundo, por lo regular, tendrá una actuación más plana y menos específica. Además, en el cine, el actor se esfuerza para lograr una vivencia de la historia, muchas veces ante nadie; el actor, en un primer plano, le deberá hablar a un personaje que no está presente, que ya ha viajado a una ciudad lejana, pero lo hará como si lo tuviera ahí, a escasos cincuenta centímetros. Actuar ante la cámara requiere de mucha imaginación para vivir la historia como si fuera real; nadie lo está mirando, por lo tanto, no está actuando sino viviendo. Como en la pintura hiperrealista, el actor de cine busca llegar a la realidad de su personaje para ser igual a este. Si se quiere ser un excelente actor, deberá estudiar, tanto las técnicas de actuación como a sus propios personajes, y esto mediante una constancia, una persistencia en el oficio y una disciplina de trabajo y de vida. Los grandes actores no surgieron espontáneamente; se formaron en los salones de estudio y gracias a infinidad de actuaciones; con el tiempo se convirtieron en estrellas reconocidas.

 

sábado, 11 de mayo de 2013

EL DOCUMENTAL Y SUS PREJUICIOS










EL DOCUMENTAL Y SUS PREJUICIOS



Autor: NELSON RENDÓN GARRO

nelson.rendonga@hotmail.com

Existe un prejuicio bastante extendido en el documental, y es creer que la cámara, por el solo hecho de encuadrar, está excluyendo una parte de la realidad. ¿Acaso el ojo y el oído no hacen lo mismo?; estos sentidos ven y escuchan aquello que el cerebro selecciona. Igual sucede con la cámara; esta enfoca lo que la mente del documentalista quiere. El ojo y el oído son instrumentos del cerebro que le sirven a este para captar información, la que va a ser procesada y luego conservada en la memoria humana. La cámara no es más que una extensión del ojo y del oído que, además, da la posibilidad de almacenar imágenes y sonidos en una tarjeta para después editarlas.

La mirada en un documental no depende del encuadre de la cámara; múltiples factores se conjugan para determinar en qué sitio el documentalista va a situar la cámara; de dónde va a partir para configurar su obra, si de un rostro que mira un paisaje o de un paisaje donde se encuentra un hombre. Uno de estos factores tiene que ver con la formación del documentalista, tanto en lo que se refiere al estudio del documental como a su misma concepción del mundo. Bastaría entregarle una cámara a un estudiante de documental creativo y otra a alguien que no ha estudiado nada sobre este arte; la mirada de ambos será diferente, aunque se enfrenten a la misma realidad; el estudiante tendrá más elementos de juicio y alternativas para registrar el tema seleccionado; el segundo partirá de su conocimiento empírico, de una mirada reducida, pero puede que más original porque no la mediará un conocimiento previo sino la intuición. Otro factor que incide en la mirada es el entorno porque este siempre está sugiriendo formas de abordar las temáticas. Al entorno está muy ligada la formación cultural del documentalista; si es política, esta se verá reflejada en su obra; si es poética, las imágenes serán como un verso; si es filosófica, indagará sobre problemas fundamentales del ser humano. Habrá aquellos documentalistas que se inclinen por los oficios elementales de la vida, como el hecho de que los integrantes de una comunidad salgan a cortar leña para encender el fuego o que en todas las mañanas ordeñen las cabras para el alimento del día.

La forma en el documental no es el elemento que menos importa, como algunos cantaletean con el pretexto de ser realistas; hasta se ha llegado a afirmar que el documental no tiene forma, que adoptar una es ya una tergiversación de la realidad. Lo que hace el ser humano, aun en su vida diaria, es darle forma a la realidad, intervenirla desde una idea. Si se mira el cuarto de dos adolescentes, se notará la diferencia: el uno lo podrá tener decorado con afiches de cantantes de pop, el otro lo tendrá con pinturas abstractas; la ubicación de estos objetos también dirá sobre el estilo de vida de la persona que ocupa la habitación. Lo que se observa en muchos documentales es un desorden, unas imágenes que no dicen nada porque al documentalista le dio miedo expresar, claramente, un punto de vista desde la forma. Existen documentales que son reportajes mal hechos; se reducen a entrevistas e imágenes de apoyo, o simplemente se limitan a seguir un formato, y este es repetido en toda una serie; el espectador se sienta en la sala, observa el primero y ya no se anima a ver los que le faltan porque todos son lo mismo. El documentalista debe pensar más allá de lo que se ha hecho, ir a buscar la forma en la realidad que va a documentar; preguntarle a esta cómo se dejará contar. La forma, más que el contenido, es la que dice algo, y este decir es el que permanece grabado en la mente del espectador. La forma expresa un sentimiento desde una situación o acción; no es lo mismo registrar el rostro hambriento de un niño que una panorámica de un río, en el que dos hombres están pescando; en la primera, la situación, se reflejará la tristeza; en la segunda, la acción, aparecerá la esperanza, el anhelo por conseguir el sustento diario en un paisaje de belleza natural.

Una tendencia harto pregonada es creer que al documental lo salva el contenido; si presenta una violación o un hecho violento, entonces va a ganar premios en los festivales o será aclamado por miles de personas. También existen temas que son candentes, como la muerte de Allende, la caída de las Torres Gemelas o el aniquilamiento de los judíos en la Segunda Guerra Mundial; decenas de documentalistas son atraídos por estos. En Colombia, por ejemplo, el conflicto armado cautiva a múltiples documentalista para hablar sobre lo mismo; se opta casi siempre por una mirada de afuera que únicamente ve los hechos de sangre para mostrar a los pobres como seres violentos o como víctimas del conflicto, lo que está inscrito en la propaganda de un poder político que desconoce la complejidad de las comunidades; este reduccionismo facilista del documentalista descuida la mirada de adentro, aquella que penetra en la riqueza de las culturas populares para dar a conocer su cotidianidad, sus manifestaciones artísticas y su solidaridad en la manera de vivir.

La historia en el documental puede ser cualquiera; la vida cotidiana en un poblado de la Guajira o el día de dos vendedoras de cigarrillos en el parque Berrío; el tren que viaja a Siberia o una ciudad como New York. Que se escoja un tema u otro dependerá, también, de la época, del momento que está viviendo el mundo y, particularmente, el documentalista. La vida humana es compleja hasta en sus más simples ocupaciones; ¿qué diferencia al hombre que lee el periódico todos los días de aquel que se sienta en un taburete a tejer una atarraya en Bolombolo?; el primero vive en una ciudad de España y es franquista y el segundo habita a orillas del río Cauca y no conoce nada de política. He aquí tema para dos documentales sobre la vida y el pensar de estos personajes. ¿Qué le interesa al hombre que lee el periódico?, ¿cuáles son sus noticias preferidas?; ¿con quién vive?, ¿de qué se ocupa en la mañana?; ¿por qué, sin falta, camina todos los días a un quiosco de periódicos para luego tomarse un tinto en el café de la esquina? ¿Cuáles son los pensamientos del hombre que teje la atarraya?, ¿cuál es su pasado y su presente?, ¿qué espera de la vida? El documentalista ve a ambos personajes y se formula estas preguntas porque su mirada va más allá de la imagen de un presente, esta quiere penetrar en la complejidad cultural del ser humano. Aun si se registrase el instante de la muerte este estaría transmitiendo una personalidad desde el rostro de quien fallece; podría tratarse de un labriego, un banquero, un profesor; podría ser joven, anciano, adulto; tendría sus hijos alrededor o agonizaría solo en una cama de hospital, o se estaría muriendo en una calle de la ciudad. Cada ser humano en su vida y en el momento de su muerte presenta una riqueza de posibilidades para el documentalista, quien deberá tener un talento cultivado y una sensibilidad excepcional para descubrir estas.

El documentalista es sensible a una realidad; la observa y la reflexiona, y está pendiente hasta de los hechos que aparentan ser más insignificantes. Sabe que la cámara es un instrumento de registro, y nada más, pero todo depende de él, de la mirada que haya cultivado hacia su mundo próximo y lejano. El documental, más que registrar una realidad, es la obra de alguien, la mirada cultural de aquel que desea mostrar y conservar un momento o una época. No hay que dejarse apabullar por las voces que piden que el documental sea político, que denuncie una realidad; este es un prejuicio que todavía sigue extendiéndose por varios países latinoamericanos, como Colombia; si el documental no denuncia, entonces no sirve para nada; este tipo de documentales también exige una forma de decir que surge desde una mirada profunda de la realidad; véase, por ejemplo, la obra del chileno Patricio Guzmán o los documentales de la colombiana Marta Rodríguez. Que en la obra del documentalista se advierta la variedad en temas y enfoques, que no se reduzca a una sola tendencia impuesta por los medios de comunicación masivos o por una realidad en conflicto. La exigencia del documentalista debe ser rigurosa en su trabajo y siempre enfocada hacia una postura estética. Que el documentalista no se sienta cohibido por los prejuicios y, desde la libertad creativa, se dedique a construir una obra de arte que, fundamentalmente, esto es el documental.